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La mente del Analista. El análisis como instrumento

Actualizado: 24 mar 2022


Hablar de la mente del psicoanalista es referirnos a sus condiciones básicas personales y a su proceso de formación como tal.


Hay una serie de condiciones que consideramos como básicas en la mente de todo psicoanalista, a saber:


1.- Una especial sensibilidad (Alice Miller). Vocación de servicio.

2.- Equilibrada integración ideo afectiva. Coherencia e integridad

3.- Integración psicosomática: lenguaje corporal

4.- Capacidad empática. Interacción afectiva. Regulación emocional

5.- Manejo del timing.

6.- Capacidad de insight. Observarse, cuestionarse, sincerarse.

7.- Tolerancia a la incertidumbre.

8.- Tolerancia a la frustración (sobre sí mismo y sobre el paciente).

9.- Capacidad de postergación.

10.- Capacidad en el manejo asociativo. Fluidez.

11.- Espontaneidad. Apertura personal.

12.- Flexibilidad, apertura a situaciones sorpresivas.

13.- Confianza en la creatividad interactiva.

14.- Ausencia de temor a la pérdida. Apego con desapego.

15.- No temor a cometer errores. Aprovecharlos terapéuticamente.

16.- Disposición para influir, implícita o abiertamente.

17.- Conciencia de sus limitaciones.

18.- Capacidad para una regresión analítica.

19.- Capacidad de disociación operativa.

20.- Manejo de variables pertinentes: apoyo, “yo auxiliar” etc.


De hecho, una serie de variables se abren a la hora de observar la mente del psicoanalista. Por cierto, no se trata de una sola de algo estándar, cada quien supone una resultante singular de su proceso de vida, de su psicoanálisis (uno o varios), del trabajo con sus pacientes y de las supervisiones. Podríamos agregar todo aquello que emana de las experiencias en el trabajo en salud mental, en el aprendizaje teórico con maestros con experiencia, sedimentado en el tiempo, a la luz de la propia experiencia.


En cuanto a la formación de la mente del psicoanalista, es básico su pasaje por el propio análisis, mientras más a fondo, mejor. Sugiero más de uno, eligiendo en base a sus estilos o sintonía o tendencia personal, quizás venga bien un reanálisis con analistas de diferente estilo o género. De igual manera, soy partidario de hacer supervisiones con analistas de distintas tendencias teóricas.


Uno de los riesgos en la formación psicoanalítica es la posibilidad de entrampes en el predominio del énfasis teórico, con desmedro de la fenomenología clínica, o sin mucha profundización de los recursos empáticos. Se puede exagerar los considerandos de la teoría de la técnica si nos centramos demasiado en un determinado sesgo, más aún, si es parte del instrumental de nuestro psicoanalista.


Una elección posible de analista para la formación, tiene como punto de partida aquello con lo que más se identifican, muchas veces, desde el lado de sus defensas más efectivas. Y, ello puede ser el sesgo teórico, de manera que se sienten cómodos en una estructura que les permitirá apelar a la intelectualización con facilidad, no favoreciendo el procesamiento de los trasfondos emocionales más primitivos o desregulados.


Es importante que el candidato a analista tenga oportunidad de vivir un proceso en el que prevalezca la asociación libre y la expresión amplia de sus emociones, en una sintonía comunicativa que le permita conocerlas y regularlas, tal como se lo requerirá el trabajo con sus pacientes. A ello contribuye la interacción complementaria del analista en una amplia correspondencia desde su apertura a una atención flotante.


Más allá de las interpretaciones verbales que se pueda hacer a nuestro candidato, están las respuestas tonales, la prosodia, la respuesta complementaria a un movimiento emocional particularmente sensible, la actitud física, la sensación de presencia comprometida, accesible e interesada, todo aquello que contribuye a construir un lenguaje emocional compartido, que habita primero en el espacio interior de cada quien para luego, configurar lo que Winnicott denominó el “espacio potencial”.


En otras palabras, el acercamiento de los inconscientes, facilitado por la diada Asociación libre – atención flotante, será la fuente más enriquecedora en el proceso de formación de la mente del psicoanalista. No es fácil llegar a funcionar en asociación libre, podríamos decir que más que el medio para lograr dicho fin, es el fin en sí mismo; es la resultante del ejercicio del análisis personal.


Esta resultante de poder funcionar en asociación libre con nuestro analista y fluir a una conciencia de lo que sentimos, constituye el logro de la capacidad básica para ejercer el psicoanálisis. La incorporación de la capacidad de funcionar en asociación libre, es como incorporar una forma de comunicación, que, llevado a la interacción con la otra persona, es la llave para el encuentro en una intimidad compartida.


Es la clave del requerimiento empático terapéutico, no solo es el poder percatarnos de lo que el otro siente, ponernos en su lugar, si no, también, corresponder con emociones o actitudes – respuestas pertinentes que, contribuyen al cambio en el registro mnémico, de ser comprendidos, calmados o sostenidos en la emergencia de nuestro sentir. De esta manera se van reformulando las memorias de nuestras desventuras emocionales tempranas, accediendo a una posibilidad reguladora de las mismas, al igual que el poder cambiar su valencia, hacia una versión positiva, o, por lo menos, no perturbadora, manejable y, hasta resiliente.


La solidez de la disposición analítica de quien la ejerce, se verá puesta a prueba en su ejercicio mismo, a la hora de enfrentar el reto de ayudar a sus pacientes a liberarse de sus trabas. Es allí, donde, por sí mismo, o desde la mirada del supervisor, tendrá una mayor conciencia de sus limitaciones para afrontar ciertos contenidos que invitan a un funcionamiento en clave regresiva, que quizás no lograron procesar en sí mismos y que no lo resuelve el solo señalamiento del supervisor.


Dichas fallas se expresarán en la clínica como un estancamiento del proceso, alianzas en la resistencia, contraidentificaciones sin solución o respuestas contratransfe