Semblanza psicopatológica de los trastornos del deseo

Actualizado: 28 dic 2021



Ubicarnos en el entendimiento del deseo y su devenir, normal o patológico, nos tiene que colocar en un principio en el entendimiento de su significación.


Revisando la etimología del término, encontramos que proviene del latín “desiderare”, compuesto por el prefijo “de” y la palabra “sidus, sideris” (estrella, constelación). En tanto así, provendría de “de sidere”, de las estrellas. Podríamos entender que, en el origen, suponía que la gracia de los dioses sostenía el destino de nuestros deseos y realizaciones. Tenía un sentido más cercano a lo mágico y cósmico, trascendiendo las particularidades del sujeto.


Más allá de la etimología, la Real Academia Española, nos aporta otros posibles entendimientos del “deseo”. Rescato el siguiente: Movimiento afectivo hacia algo que se apetece.


Desear, pues, sería anhelar, sentir apetencia, aspirar a algo. El deseo, por tanto, es el anhelo de cumplir una voluntad o de saciar un gusto. En ocasiones, el deseo surge del recuerdo de vivencias pasadas que resultaron placenteras. Cuando el anhelo por una situación del pasado se torna muy intenso y genera tristeza, se habla de nostalgia… En otros casos, el deseo es motivado por la potencialidad que se le confiere a aquello que se desea. El deseo forma parte de la naturaleza humana y es uno de los motores de su conducta.


Sin ánimo de entrar en las múltiples lecturas teóricas que se pueden hacer del deseo, centraré mis puntos de vista en la observación evolutiva del deseo, a partir de la genética y la neurociencia.


Tengamos en cuenta que el bebé humano debuta en la vida provisto de un potencial indispensable para la sobrevivencia. Éste se expresará mediante impulsores de búsqueda de un complemento, con una programación preestablecida. A partir del encuentro (o desencuentro) del bebé con el complemento, que moviliza su búsqueda, se da comienzo al desarrollo de un registro sensorial y vivencial, el cual se inscribe en lo que llamamos “la memoria implícita” o “huella mnémica”, de naturaleza totalmente inconsciente.


Dada la condición de absoluta incapacidad del bebé de valerse por sí mismo, el sentido de la búsqueda inicial está indefectiblemente ligado a la necesidad de sobrevivencia, por lo que tiene marcadores muy sensibles respecto a la consecución o falla de esta búsqueda. En estos momentos, importa el encuentro del otro, allí donde es necesario que esté, tal como se espera que ocurra; de ello depende la vida misma.


En el proceso de búsqueda del objeto original participan inicialmente los sentidos, en particular el olfato. A ello se suman complementos para lograr el objetivo de contactar con el entorno protector requerido. Estos complementos son expresiones emocionales y de movimiento, como el llanto o la agitación motriz, que aumentan la presión de la demanda de contacto y atención. No se olviden de aquel dicho popular “quien no llora, no mama”.


Para tener una idea de estos potenciales genéticos de búsqueda, tomemos como ejemplo la realidad observada de que el bebé recién nacido, puesto en el vientre materno, calmado por el calor y contacto con la piel de la madre, por propia gestión, logra encontrar el pezón materno en el lapso aproximado de una hora. Observaciones al respecto han sido realizadas por Nils Bergman en Sudáfrica durante muchos años.


Estos momentos iniciales de búsqueda y encuentro del objeto están movilizados por la necesidad de sobrevivencia. Los logros en la relación con el objeto de la necesidad lo protegen del sentimiento de riesgo de muerte y de la angustia de desamparo, medidos en las observaciones de Bergman, como un significativo incremento del cortisol sanguíneo ante la separación o ausencia del cuidador.


El registro de la experiencia de encuentro con el objeto de la búsqueda, que puede partir del contacto de piel o el hallazgo y succión del pezón, quedan registrados como una impronta en la memoria implícita.


Quiero relevar el hecho de que desde el comienzo hay un monto energético de búsqueda, componente que habitará posteriormente en el desarrollo de la experiencia y la construcción del deseo; pero, en este momento inicial, tiene una particular importancia el registro del encuentro del objeto de la búsqueda, es decir, del sujeto de quien vamos a ser objeto de atención, con quien se establecerá luego una interacción en la que se intercambiarán roles de sujeto y objeto y se establecerá una mutua estimulación sintónica.


Todo lo anterior constituye el fundamento de la relación basada en la necesidad y el establecimiento de las memorias requeridas para la organización emocional y la integración del ser. Estamos hablando del “cableado” constitutivo de la organización del cerebro límbico del bebé, del hemisferio derecho que es el que muestra mayor predominio de desarrollo durante los tres primeros años.


Un punto central será la experiencia de encuentro, a partir de la cual, el sujeto, sostenido por el entorno, puede fluir desde sus potenciales. Es desde allí que encuentra plenitud el desarrollo de las bases de lo que conocemos como inteligencia emocional y confianza básica. Digamos que, en esencia, se trata de la capacidad para relacionarse empáticamente con el otro y explorar el entorno; de configurar sus deseos y expectativas respecto a sí mismo y a ese contexto en el que le ha tocado vivir, que eventualmente se extenderá en las dimensiones de lo que le gustaría (desearía) explorar (salir, viajar, hacer su vida fuera de los linderos familiares, etc.).


La necesidad de encuentro, a partir del esfuerzo de búsqueda, irá derivando a formas espontáneas de conexión e interacciones lúdicas, desde donde paulatinamente se desplazarán las inquietudes de búsqueda hacia objetos sustitutos de la madre y a una mayor independencia de ella. Una descripción oportuna y teorización pertinente, sintónica con lo expuesto, la encuentro en la visión de Winnicott sobre lo que llama objetos y fenómenos transicionales.


Las fallas en la etapa de necesidad también dejan huellas en la memoria implícita, en una forma que conocemos como registros de carencia o de déficit, lo que supone experiencias negativas en el encuentro con el objeto de la búsqueda o en las experiencias requeridas de interacción con el cuidador. Estas fallas pueden ser de grados variables, pero dejan un común denominador de vacío, de ausencia de una experiencia que debió ocurrir, que no se activó, generando, en cambio, emociones negativas, de desesperanza o rabia. De ello derivan distorsiones o dificultades en la posterior constitución del deseo. Se trata no solo de la expresión de las dificultades afectivas sino, también, de una integración defectuosa del sí mismo, de sus deseos y de su sentido en la vida.


La adecuada complementación en la relación con el cuidador deriva paulatinamente en posibilidades de individualización y separación de los objetos originales, encontrándose en esta nueva etapa nuevas posibilidades de expresión de la búsqueda, expresada en una natural disposición para la exploración del entorno y una ampliación de la experiencia personal.


En esta etapa es cuando ya va tomando forma la noción de deseo, en una orientación diferente de la original necesidad de preservar la vida. Junto con ello aparecen expresiones relacionadas con el no deseo, el rechazo de lo que pudiera haberse estado aceptando previamente de manera pasiva, vinculado al deseo del otro. Se trata de un delicado tema que requiere ser tomado en cuenta, como una expresión más de la necesidad de reconocimiento del bebé como sujeto singular.


En estas expresiones, la satisfacción corre de cuenta del deseo de hacerlo por sí mismos -ya no asistidos por el cuidador- con una gratificación diferente que parte de la autoafirmación y del sentimiento de poder sostener la realización desde sí, desde la libre expresión de su potencial de hacerlo o lograrlo. Son experiencias que fortalecen al yo, generando huellas que contribuyen a su futuro compromiso en la búsqueda de satisfacer sus deseos.



En el curso de la vida, en el a posteriori de estas instancias tempranas, tendremos como resultado expresiones del deseo que muestran el sello de origen a través del tenor emocional que las acompaña. La gran diferencia se establece allí donde encontramos, de fondo, una problemática entrampada en la dimensión de la carencia; allí donde se complica el sostenimiento del equilibrio del deseo, poniéndose a prueba las fortalezas del yo y sus posibilidades para balancear sus debilidades o déficits.


Voy a hacer, a continuación, un desarrollo descriptivo de algunas características sintomáticas que se nos presentan en la clínica y que tipifican el trastorno en la configuración del deseo.


Al momento de estar ordenando las ideas para esta presentación, me vino a la mente un ejemplo, que considero oportuno en relación a esta temática. Surge en realidad de mi experiencia de vida cotidiana, en el marco del ejercicio de las buenas costumbres, en el edificio donde tengo mi consultorio. Una mañana, hace poco más de un año, yo bajaba en el ascensor. De pronto, éste se detuvo unos pisos más abajo (yo estoy en el piso 15) y subió un hombre a quien no había visto con anterioridad, de unos treinta y tantos años, con la barba sin afeitar, a quien saludé con un movimiento de cabeza. Para mi sorpresa, me replicó, alterado, que yo siempre saludaba de esa manera, que “¿por qué no saludaba como la gente?”. Me quedé callado por un instante, sin saber qué decir, para luego escucharme diciendo “¿Parece que le molesta que lo salude así?” Me respondió: “Claro, pues, ¿cómo no me va a molestar…? Eso no es un saludo, mejor no haga nada”. Fin del viaje. El ascensor llegó a la planta baja y, ya saliendo, mientras se alejaba apurado, le dije “Buen día”, sin encontrar respuesta de su parte. Quizás lo sintió como una ironía o burla. La verdad, ahora que lo escribo, no sé si trataba de ser conciliador o burlón. ¡Tratándose de mí, tengo que tener cuidado! Pero, por lo menos en mi intención consciente, primaba lo conciliador; correspondía ayudarlo a calmarse; no me había molestado con él; es más, no tenía registro de él como vecino (lo cual podría ser también una causa de su enojo).


En primer lugar, perfilemos la presencia de una persona que sube al ascensor con deseos de saludar o de ser saludado, de mostrarse y ser reconocido como buen vecino, tratando de ser o mostrarse amable. Notemos que muestra una falla en la lectura simbólica del saludo. Mi saludo gestual no fue registrado por él como tal. La frustración de su aparente expectativa, movilizó en él una inmediata reacción de enojo, expresión de una inmensa sensibilidad y vulnerabilidad. Parecía sentir mi saludo como una ofensa. Se dio un viraje súbito hacia una emoción opuesta al supuesto original. Expresó, así, un movimiento afectivo de naturaleza binaria: blanco o negro, lo saludo como él desea o se enoja. De la misma manera, la cualidad del objeto parecía entrampada en esa otra dualidad: amigo o enemigo. Actuó su enojo impulsivamente, enrostrando al causante de su frustración por la desmesurada afrenta, convencido, además, de la razón de su enojo, con lo cual mostraba fallas en el juicio de realidad, con prevalencia de la fantasía omnipotente y persecutoria.


Es posible, también, pensar que se sintió “ninguneado” por mí, que tal vez nos habíamos cruzado en otras oportunidades sin que percibiera de mi parte una direccionalidad amable hacia su persona. Dada la alta vulnerabilidad en el sustento de su autoestima, tendríamos, como resultante, que movilizó sus expresiones desde una compensación omnipotente que buscaba restituir una herida narcisista. De cualquier manera, en los mecanismos empleados para dar cuenta de su búsqueda de relación, predominaban formas primitivas, con mecanismos de proyección masiva, dejando notar un trasfondo carencial que no permitía sostener la cualidad de un deseo o garantizar su realización. En todo caso, para un lector calificado, queda el registro de una demanda inmensa de atención que no puede ser tramitada.


El efecto que pudiera originar en su objeto oscilaba entre la confusión, el miedo, la respuesta hostil, el alejamiento y hasta, eventualmente, el entrampamiento en una discusión estéril. Mi respuesta, que intentaba llamar su atención a que lo había saludado a mi manera, tan solo tuvo el efecto de acentuar su desborde, por lo que ya no cabía el diálogo. Lo que necesitaba ahora, era alguien con quien discutir o pelear, estaba atrapado en su emoción hostil. No me volví a cruzar con él. Nunca sabrá que ahora me habitan sentimientos de gratitud hacia él por haberme ayudado con el material para este trabajo


El fracaso en la tramitación del deseo de acercamiento suele condenar a la soledad, con una profundización del sentimiento de vacío que hace inviable la satisfacción de los deseos afectivos de cercanía o reconocimiento. No pueden trascender la trampa narcisista en la que suelen encontrar algún grado de estabilidad emocional. Acaso la compañía de una mascota ayude en esas circunstancias. Son ideales para alguien que requiere de la incondicionalidad de su objeto.


Aunque, bueno, pasa de todo en esta vida. A propósito de mascotas, me acuerdo de otra anécdota de la vida cotidiana. En el inicio de mi jornada laboral, caminaba por una calle, a la vuelta de mi casa, y me encontré, llegando a la esquina, con una escena en la que un perrito de mediana estatura, más bien pequeño, ladraba frenético a otro más pequeño que cruzaba por la acera de enfrente. Ambos llevaban traílla y eran sujetados a duras penas por las empleadas que los habían sacado a pasear. Prudentemente, al momento de pasar junto al ladrador histérico, tomé la mayor distancia que la calle permitía, con tan mala suerte que fue justo en el momento que mi movimiento llamó su atención y la señora que lo sujetaba tuvo un instante de mayor flaqueza y el perrito saltó sobre mí, alcanzando a morderme el pantalón y rasgarlo de manera increíble. De pronto, quedé con la totalidad de mi muslo derecho expuesto, sin lugar a soluciones pudorosas.


De alguna manera, me sentí responsable de lo que pasó. Yo me había fijado en que el perrito estaba fuera de sí, así es que, echando un bufido, me di media vuelta y regresé a casa a cambiarme de pantalón. En el camino de vuelta pensé en que ese perrito era un peligro y que tampoco se trataba de que los dueños no asumieran su responsabilidad, que quizás la mía era por lo menos reportar el caso al serenazgo; total, podría haber mordido a un niño… Estaba en esas cavilaciones, cuando, al llegar al lugar del incidente, vi a través de unos barrotes a la empleada, la del perrito, en la puerta del edificio donde aparentemente vivían. Entonces, tomé la decisión de hablar con el dueño; felizmente, tenía un poco de tiempo. La empleada se mostró temerosa y renuente a llamarlo. Entonces, tuve que presionarla con que avisaría al serenazgo y que se iba a armar un problema mayor para el dueño del perrito.


A los 10 minutos, bajó un hombre de unos cuarenta, hablando por su celular, sin dirigir la mirada a quien se suponía lo estaba esperando. No interrumpió su llamada hasta que terminó con lo que tenía por hablar. Guardó el teléfono mientras se dirigió a mí, diciendo “¿Usted quería hablar conmigo?”. Le expliqué lo que había ocurrido y me contestó: “¿Le ha hecho daño?” Le dije que me había roto un pantalón de reciente adquisición. Y, bueno, “¿Cuánto cuesta eso?” me preguntó con un tono despectivo. Yo no había pensado en un reclamo de costos por lo que, dudando, le mencioné una cifra aproximada a lo que me había costado, a lo cual respondió: “¿Qué...? ¡nada que ver…!, ¿por un pantalón…?” “Oiga”, repliqué, “su perro me ha causado un perjuicio y le corresponde a usted asumirlo… Él me contestó, “Mire señor, yo no le dije a mi perro que lo muerda”. Me quedé frío. En ese momento nuestro personaje metió la mano al bolsillo, sacando su teléfono y contestando otra llamada mientras me daba la espalda… Opté por retirarme, reconociendo que era inviable un diálogo negociador en esas circunstancias; estaba perdiendo mi tiempo y quizás terminara perdiendo, además del humor, una hora de trabajo. Eso sí, llegando al consultorio reporté el incidente al serenazgo y me olvidé del asunto. Bueno, es un decir, digamos que traté de rescatarme del mal rato y me puse a pensar, ya desde fuera, en lo insólito de la situación, leyendo los detalles de lo ocurrido en esta psicopatología de la vida cotidiana. Mis deseos de contribuir con el orden y la justicia quedaron totalmente desairados. Incluso, dudo mucho que el serenazgo haya podido hacer entrar en razón a quien se comportó totalmente a la altura de su cachorro. ¡Fui mordido dos veces esa mañana! Nunca, como aquella vez, pude constatar que los animalitos reflejan el temperamento de sus dueños… ¿o es al revés…? En todo caso, el flujo de las proyecciones agresivas estaba allí, a la vista.


De este personaje recogemos la observación de una persona inaccesible, de actitud despectiva, negadora, desdeñosa, omnipotente, totalmente agresiva y, ciertamente, sin la menor empatía respecto al daño infligido al otro. Vemos un modelo de funcionamiento en el que se comporta en permanente estado de lucha y el otro es un adversario al que hay que aplastar. El modelo es dominante, impositivo, prepotente. Uno puede imaginar que el mayor sentido de la realización de sus deseos está por el lado de lograrlo por la razón o la fuerza, en donde la razón, por cierto, es su argumento, el cual puede llegar a desfases groseros del sentido común, a los que los demás deben someterse. Es decir, mantiene un sentido personal de la realidad que induce a pensar en posibles compromisos, también, en su juicio de realidad.


En ambos ejemplos podemos ver rasgos de personalidad sugerentes de narcisismo: uno, pasivo agresivo, demandante; el otro, agresivo sometedor, despectivo. En ambos casos inferimos trastornos en la configuración de sus deseos en la relación con los demás. Es posible, sin embargo, que, en áreas de desempeño autónomo, logren realizar otro tipo de deseos: en el trabajo, empresa, creatividad, etc. Esto casi siempre lo logran en función de apuntalar con ello sus necesidades de compensación por carencias afectivas.


La evolución del deseo en la etapa simbiótica en situaciones de carencia lleva al sujeto a aferrarse más al ego, al narcisismo, al falso self. Tiene un motor que funciona permanentemente ligado al terror, a la amenaza, más que al encuentro con el otro. En el universo de la organización narcisista es donde más vamos a encontrar perturbaciones del deseo. Voy a citar una serie de manifestaciones que nos hablan de un trasfondo carencial de origen.


La huella mnémica activada, moviliza la sensación de amenaza de desastre total. El futuro se lee como desamparo total y riesgo de muerte. Se va formando un trauma acumulativo en torno al deseo de la persona afectada por una carencia temprana, que sigue, con desesperación, tratando de fusionarse con el objeto. Se genera la intolerancia a la frustración y una pobre capacidad para la postergación o la renuncia. Algunos tienden al modelo de la satisfacción inmediata del placer, con su correlato de descarte también inmediato. Sus vínculos no conllevan un compromiso afectivo.


La expresión del deseo tiene un carácter de perentoriedad de satisfacción, movilizando reacciones de irritabilidad, agresión o rechazo si no se les presta atención o se les aplaca el pedido, el que muy pronto adquiere las proporciones de una demanda dramática. No tienen mayor intermediación entre el deseo y la actuación. Son impulsivos. Pierden la perspectiva de las consecuencias o de la viabilidad o pertinencia del deseo. Por la variabilidad del deseo, por la inconsistencia del mismo, quieren practicar algo que en poco tiempo abandonan o en lo que no ponen mayor entusiasmo. Sin embargo, en un inicio pareciera que realmente lo desean e insisten en que los apoyen o satisfagan.


Suelen no disfrutar con la obtención de lo deseado, siempre le encuentran un “pero” y desdibujan la sensación de haberlo realizado o recibido. Suele acompañarlos una suerte de perfeccionismo inclemente que se especializa en ellos en encontrar o forzar la sensación de falta o falla. Pueden llegar a destruir su creación o el objeto de deseo obtenido. La búsqueda de lo deseado suele condensarse con lo idealizado, por lo cual es posible que sientan una euforia exaltada transitoria, extremadamente vulnerable a los embates de la realidad. El choque con la realidad moviliza, entonces, una terrible situación de frustración y tristeza incontenible, de desamparo, de autorreproche, una sensación de denigración o engaño, que pronto o en simultáneo se combina con rabia, resentimiento y hetero o autoagresión.


Suelen utilizar la manipulación del objeto, en particular explotando sus culpas o debilidades. En ocasiones, logran inocular en su objeto de deseo la culpa por no corresponder a la fantasía ideal, o sea, a la fusión con él. Suelen concurrir entonces mecanismos de identificación proyectiva y contraidentificaciones. Esto se expresa en una acomodación simbiótica, siempre precaria, con el objeto, una relación especular tan frágil como el cristal que les devuelve la pretendida imagen de sí mismos.


Son muy sensibles a la realización de los deseos del otro, lo cual los vulnera más que anima en la persistencia de la búsqueda de lo deseado. Lo viven como una demostración de que los demás pueden y ellos no, que tienen algo que a ellos les falta. Es posible encontrar en estas personas sentimientos de envidia y fantasías o deseos de que les vaya mal a los demás. De hecho, pueden llegar a sufrir con la felicidad ajena.


Pueden declinar lo deseado en tanto sienten que es algo que no van a lograr o conseguir; desarrollan una suerte de pesimismo que debilita su motivación y esfuerzos por conseguirlo. Una opción a esta condición es apelar a un optimismo utópico que va de la mano de una disposición pasivo – receptiva ingenua y tan mágica e ilusoria como ajena a la realidad.


Existen casos en los que eligen alguna capacidad o talento como instrumento para alejar el fantasma de la carencia; encuentran un incentivo de crecimiento en el que ponen esfuerzo e ingenio suficientes para llegar a constituir un mito de autosuficiencia y grandiosidad omnipotente. Es, entonces, cuando les basta desear cualquier cosa y la obtendrán, hasta mostrarse exaltadamente generosos con los que representan su condición de origen. En otros casos, esta última actitud puede ser más bien de repudio o maltrato despectivo.


La agresividad defensiva puede ahuyentar la amenaza del deseo, propio y ajeno, en tanto que moviliza profundos temores de fragilidad, abandono y pérdida, con el consiguiente dolor desestructurante que amenaza con resurgir. Pueden llegar al pánico o a reacciones fóbicas, si no les funciona esa defensa, y huir o ahuyentar a un pretendiente amoroso.


Frente a su objeto de deseo pueden funcionar como dominantes posesivos y controladores, lo que suelen combinar con requerimientos de sometimiento y rebajamiento del mismo. Muy fácilmente pueden hacer alianzas de relación agresiva, de forma tal que mutuamente alejan el fantasma del temido sentimiento de necesidad por el otro y el riesgo de su pérdida, cosa que, por supuesto, no desaparece, pero el lazo continúa. Suelen entramparse en sentimientos de resentimiento o rencor con su objeto de deseo. En estas circunstancias, fantasías de venganza, reproches y maldiciones pueblan su imaginación, manteniendo así, de manera asegurada, un vínculo que no terminan de perder, que se mantiene “vivo” en su mundo de fantasía. Por cierto, es posible que, trascendiendo este receptáculo del vínculo, opten por oscuras formas de venganza que pueden llevarlos hasta el crimen con la fantasía de obtener así la definitiva posesión de su objeto.


Podríamos extendernos en el enunciado de rasgos que distorsionan o perturban el deseo en personalidades marcadas por la carencia. De hecho, nos queda también abordar esta problemática en las patologías de conflicto. Pero, no quiero dejar pasar la oportunidad de enfocar y colocar en un primer plano un factor que nos toca a todos en la sociedad en que vivimos. Me refiero a la configuración de falsos deseos, falsas necesidades, falsas soluciones, al falso reconocimiento o interés que tienen quienes manejan la publicidad en esta sociedad de consumo. Es un sistema perverso, de manipulación de nuestras debilidades, las que son estudiadas al punto que existe un capítulo especializado, el llamado neuromarketing, con la finalidad de movilizar fantasías de realización falaz, favoreciendo el desvío de suministros para una verdadera autoestima. Por ello, quizás tengamos que partir de estar atentos a reconocer el no deseo, o la no necesidad. Reforzar nuestros instrumentos de formación de criterio, con una educación que potencie los recursos del yo para definir sólidamente el diseño de sus deseos, acordes y viables en su colectivo social.


Ahora, bien, desde nuestro lugar como terapeutas, todo lo que podamos detectar como muestra de una falla, de un déficit en la organización emocional de nuestros pacientes (o vecinos) nos lleva a tener en cuenta la importancia de nuestra respuesta emocional o actitudinal. Allan Schore, un estudioso del neuropsicoanálisis, enfatiza la necesidad de funcionar terapéuticamente como reguladores emocionales. Esta sería una forma de restituir las condiciones de la falla original. Requiere de mucha cercanía afectiva y de la observación prioritaria de nuestra resonancia emocional, en simultáneo con la posibilidad de sentir al paciente; incluso, como una forma de sentir por él, a fin de favorecer el desbloqueo de sus afectos y fluir emocionalmente, resonando con él y ayudándolo a resonar con nosotros, en una sintonía que eventualmente logrará matices sincrónicos pertinentes, producto de la mutua apertura y acercamiento inconsciente de los respectivos cerebros derechos, en lo que podríamos llamar una “resonancia simpática”, redondeando la tarea con un enriquecimiento en su capacidad de mentalizar, de favorecer la conciencia de sí mismo.


Quiero cerrar la presentación citando a Eduard Punset:


“… el deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo de vivir y de hacerlo a su manera. Por eso, sus autobiografías son más descriptivas que explicativas, pues sus vidas no tanto se deben a los resultados u objetivos cumplidos, sino al sentido inherente al mismo proceso de vivir. Y este proceso, de uno u otro modo, lo establece siempre el deseo…” “… las emociones están en la base de los deseos y de la inteligencia emocional. Visto de este modo, el deseo se convierte en el portavoz de uno mismo”.


Autor de nota: Dr. Pedro Morales Paiva.

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