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De la “Folie à Deux” a la locura cotidiana


En las épocas en que era residente de psiquiatría, una lectura clínica me llamó particularmente la atención, se trataba de un cuadro clínico, considerado como de rara incidencia; se le denominaba la “locura de a dos” o la “Folie à Deux”, en su versión francesa.


Se trata de casos en los que una persona mentalmente perturbada en su registro de la realidad, con distorsiones clínicas del pensamiento o del afecto, logra influenciar a gente de su entorno cercano: pareja, amigo, empleado, etc., de tal manera que, en grados variables, esta persona cercana se “contagia” de su funcionamiento perturbado, llegando, en algunos casos, a ser un complemento patológico delirante, totalmente involucrado en sus fantasías desquiciadas y muchas veces ejecutor convencido de las mismas.


Es decir que, a partir de la relación con éste, empieza a mostrar indicios de la misma alteración, a nivel del sentir, del pensar o del comportarse, compartiendo, sin dudarlo, las ideas de la persona perturbada. Por ejemplo, puede tratarse de un pensamiento delirante o persecutorio, de sentimientos de grandiosidad o convicciones premonitorias sobre el futuro, entendimientos mágicos peculiares o bizarros sobre la naturaleza de las cosas, delirios místicos, etc...

Un ejemplo de una situación así, de carácter colectivo, es el caso de Charles Manson y el asesinato (por parte de sus seguidores, contaminados por sus ideas) de Sharon Tate y otros.

El sujeto influido de tal manera puede incluso “enriquecer” el delirio original, desbordando la imaginación, a distancia de los lineamientos de la realidad y del sentido común, llegando a formar parte, a plenitud, del estado creado al interior de este peculiar apego, participando ya no solo de la ideación o afectos sino del mismo contenido que adicionalmente se ha recreado en la interacción, en una suerte de “otra dimensión”, otra realidad -una realidad secreta, idealizada y omnipotente cuando no llena de matices esotéricos o mágicos, de elevación o trascendencia- que involucra de manera absoluta sus convicciones y el sentido del ser.

Un sentimiento de unión especial transita entre sus mundos fusionados, o, mejor dicho “confusionados”, casi siempre con el agregado de sentirse indispensables el uno para el otro, compartiendo sensaciones variables entre las que destaca una comunión placentera, tan indescriptible como inédita, algo que por cierto “nadie puede entender”, sólo ellos. Lo singular de este fenómeno es que, al producirse la separación, el miembro esencialmente “sano” recupera sus capacidades y funciones, es decir, vuelve a la normalidad al salir del campo de influencia del sujeto perturbado, recupera el juicio, reencontrando su identidad y el sentido común de la realidad.

No ocurre igual con el perturbado de origen, quien suele empeorar en su sintomatología y descompensarse, intensificando sus síntomas, agitarse e, incluso, llegar a atentar contra su vida o la de quien hasta entonces lo complementaba en el delirio. Al referirnos al empeoramiento, también puede ocurrir que nuestro personaje “perturbado” apele a mecanismos maníacos de negación y repudio y hasta denigración del objeto hasta el momento parasitado.

Esto último ocurre con mucha facilidad cuando la patología de origen es maníaco-depresiva, a lo que se adicionan características del entorno que lo facilitan, como tener poder, éxito, belleza física, etc.


Por un lapso, a veces prolongado, comparten una experiencia de aparente sintonía total. El vínculo con el otro transita por los linderos de ser uno con el otro; “almas gemelas que vuelven a juntarse” se les puede escuchar decir. La ilusión sostenida por dos da paso al delirio, al complemento perfecto que anula la experiencia dolorosa de una diferenciación capaz de cuestionarla. Se anula la necesidad y el vacío no existe; la realidad está lejos y amenaza; pero ellos, unidos, son absolutamente capaces de suprimirla y su mejor instrumento es negarla, repudiarla por inútil e innecesaria. La única realidad posible es la que ellos sostienen.


Suele ocurrir, sin embargo, que cada tanto asoma la duda inquietante de que el otro pudiera no estar totalmente entregado y, así, aparecen reiterados requerimientos de pruebas, a veces con rostros de tortura y sometimiento a los que el compañero se entrega, configurando, de a pocos, rituales de reafirmación, que mantienen la llama de la omnipotencia y del poder que conjura la amenaza de cualquier mal con rostro de engaño o de abandono. Por cierto, la mayor amenaza es que se rompa el frágil constructo organizado para tapar las temidas carencias de los involucrados en nuestra “folie a deux”.

Podemos ver sin dificultad que se ha instalado una relación que podríamos denominar de diferentes maneras, pero que, en principio, conlleva una realización fusional omnipotente, una simbiosis que dramatiza la absoluta necesidad del otro. El gran problema es que los concurrentes al ritual, en diferente proporción, han vivido severas fallas en relación a sus momentos simbióticos de origen, en el período inmediatamente posterior al nacimiento, cuando la madre es absolutamente indispensable para los fines de vivir y sentar las bases del ser en relación con un otro confiable.

En tanto así, el que realicen ahora, en esta relación tan peculiar, la fantasía restitutiva de aquella falla, tiene como correlato una creciente ansiedad: que vuelva a aparecer aquel vacío doloroso que hizo mella en las posibilidades de confiar e ilusionarse. Esto, más allá de las torturantes necesidades de pruebas de autenticidad, poco a poco se confunde con los traumas que se vivieron debido al abandono, maltrato o falta de reconocimiento empático.


Se oscila, entonces, entre la suspicacia desconfiada y el doloroso temor de perder al otro, lo que no deja de movilizar sentimientos hostiles, ya que la sospecha linda con la convicción y, paradójicamente se enciende más cuando el otro trata de aplacar los fuegos de la herida reabierta con explicaciones o excusas, que esgrimen infructuosamente y que usualmente brotan desde una culpa que no entienden en su origen, pero la sienten.

Como los niños, cuando les ocurre, piensan que algo hicieron mal y por eso su mamá no los quiere y los maltrata por lo que merecen el castigo o, que justifican el abandono “por ser tan malos”.


Momentos hay de creciente confusión y ansiedades desestructurantes, que provocan la ruptura de la relación. Y esto, cuando ocurre, suele ser porque la persona menos perturbada comprende que está verdaderamente en riesgo su existencia como sujeto y que hasta él mismo está en riesgo de perder la vida.


Es entonces cuando detona la separación y la búsqueda de algún refugio salvador, más acorde con la necesidad de resolver las propias carencias o mínimamente rescatar sus propios recursos hábiles para hacerse cargo de sí mismo y sostener su realidad de manera compatible y equilibrada con el entorno.

En el mejor de los casos, en el a posteriori, esto da lugar a un mejor entendimiento del sentido de la experiencia vivida, que le permitirá discriminar mejor la naturaleza de su fragilidad y de su búsqueda, a veces tan terriblemente entrampada en el desvarío traumático de su experiencia temprana.

El otro escenario, el peor, es aquel en que vuelve a buscar cualquier excusa para reencontrarse con el mágico ser con el que compartió el idealizado delirio o que de pronto la vida le ofrezca la oportunidad en encontrarse con algún otro con el cual repetir la historia. Ciertamente, en este último caso concluiremos que se trata de una muy precaria estructura de personalidad, con fallas en el sostenimiento del sentido de realidad, que oscila en encuentros y desencuentros con realidades idealizadas.


Si bien las descripciones de origen, aquellas del inicio de mi carrera, correspondían a complementos como esquizofrenia, paranoia u otra psicosis, con histeria, personalidad infantil o algún otro predisponente rasgo de personalidad, el largo trayecto recorrido hasta el presente me ha mostrado una inmensidad de formas, gamas y matices en las que habita la naturaleza de la locura compartida, desde las más “normales” en apariencia, en las que se unen parejas con problemas carenciales poco notorios o con problemas de personalidad de diferente calibre, que hacen enamoramientos tormentosos, hasta aquellos más difusos y grupales, pero igualmente importantes, en los que nos solemos quedar atrapados, sin la menor conciencia, como ocurre en los fárragos manipulados de la sociedad de consumo.


Ni qué decir del siempre presente delirio fanático totalitario, que reaparece aquí o allá, con banderas de religiosidad, de reivindicación territorial, de género, étnicos, etc. que, al generarse, no discriminan niveles de diferenciación social, intelectual o cultural; situaciones que tantas veces comprobamos que obedecen a perversas y convincentes manipulaciones de la credibilidad humana.


Sobre este último punto, resulta increíble comprobar cómo mentes brillantes pudieron caer en la locura colectiva que desencadenó Hitler. Que, dicho sea de paso, nos permite reparar en que el influenciado no es solo una manifiesta mente frágil y predispuesta.


La fuerza de la influencia delirante llega a ser totalizante cuando va creciendo en un grupo en el que la convicción deja de lado la realidad y la prudencia más elemental, donde el sentimiento de omnipotencia es demasiado tentador, más aún, cuando adquiere visos de realidad, cuando todo pareciera constatarlo, cuando el héroe se alza poderoso e idealizado, hasta que no hay límites que detengan sus manejos desvariados, menos aún, si del otro lado hay una humana búsqueda del rescate de una vulnerada autoestima, de una herida narcisista, derivada de alguna humillación no resuelta, como ocurrió con el pueblo alemán después de la primera guerra mundial.

En suma, la posibilidad de influencia es universal y habita en las cualidades innatas que tiene el ser humano para la interacción comunicativa y vincular con sus semejantes, en sus reacciones como grupo, tanto ante situaciones de peligro como en su sentido trascendente como especie.


La orientación del tema que tratamos, busca acercarse a los niveles en que el complemento vincular entrampa y confunde a los protagonistas,